miércoles, 30 de mayo de 2012

Devocional Junio 2012


En Mateo 9:18-26 se presenta una historia curiosa. Una historia interrumpida: la niña pequeña muerta y el pedido de que Jesús fuera allí, y cuando está yendo aparece la mujer con el flujo de sangre. Me quiero detener en la historia de fondo, la de la niña, porque creo que hay algo que requiere nuestra atención. Todos queremos la intervención y manifestación del Reino de Dios en nuestras vidas como también en distintos ámbitos. Y este texto nos refleja algo muy relevante.

Jesús llega a la casa de Jairo, donde ya yacía el cuerpo de la niña muerta y se encuentra con un determinado contexto lúgubre, mortuorio. Y lo primero que Jesús hace es echarlos a todos de allí, aduciendo que la niña no estaba muerta, sino que dormía. Esto llevó a burlas hacia su persona. Pero Jesús no entró en la habitación donde yacía la niña, hasta que todos esa gente que estaba llorando, plañendo, y causando un “ruidoso desorden” fueron echados (el verbo que utiliza para esto, es el mismo que se usa en los evangelios para expulsar a los demonios).

La primera pregunta es por qué la burla. Aquí hay una confrontación de cosmovisiones. El gentío que lloraba porque la niña estaba muerta, y responde a una lógica natural. Y la cosmovisión de Jesús que tal espectáculo no era necesario, ni adecuado, ni apropiado porque la niña no estaba muerta.

Pero una vez que la gente se fue, hay tres acciones que son importantes: Jesús entró, Jesús la tomó, y ella se levantó.

A lo que me quiero referir es a la creación de un entorno o una atmósfera apropiada. Cuando Jesús llegó al lugar, había un entorno lúgubre, mortuorio, de lamento, de tristeza, de anti-fe, de resignación, de derrota, y la música y los quejidos de la gente alimentaban ese ambiente. Jesús los echa a todos ellos. Se hace el silencio, para oír la voz de Jesús. Entonces Jesús entra. Jesús la toma, es decir toma el control de la situación, la puso bajo su custodia y poder, y el resultado es que la niña de levantó.

Jesús no entró a la casa, es decir, no comenzó a trabajar en la restauración de esta niña, hasta tanto el ambiente no cambiase. Pero cuando, al obedecerlo, cambia, Jesús entra, toma control y se produce el milagro. Jesús muchas veces está a las puertas de nuestras vidas, pero no hace nada, porque nosotros no estamos dispuestos a cambiar el ambiente.

El año 2012 es un año de gobierno. El gobierno es para los hijos, pero no es automático. Tiene que ver con legalidad. Los hijos están llamados para gobernar sobre el mundo espiritual, pero dicho mundo es altamente legal. Primero debemos cambiar los entornos, y eso lo hacemos nosotros. Es la puerta que le abrimos a Jesús para que establezca su Reino. El entorno es determinante para la manifestación del Reino.

En multitud de pasajes Jesús controla su propio entorno: Cuando oye que Juan fue encarcelado, se retira (Mt. 4:12), cuando ve el peligro, se va (Mt. 12:15); cuando oye de que Juan había sido muerto, se va solo a una barca (Mt. 14:13); cuando ve que lo quieren hacer rey, se va sólo al monte (Jn. 6:15). Tambgién controla el entorno de sus discípulos, llevándolos a un lugar desierto (Lc. 19:10). El cuerpo epistolar nos enseña a salir de ciertos entornos dañinos y perversos para establecer una relación íntima con Dios (2 Co. 6:17) o para no recibir el juicio a los que están en ese contexto (Ap. 18:4) (cf. Lot cuando es sacado de Sodoma (Gn. 19).

También resulta interesante ver el pasaje de He. 11;8,15, donde Abraham tiene que salir de Ur para recibir herencia. Ciertos entornos son estériles y son anti-herencia. Pero también tuvo que aprender a dejar de pensar en el viejo entorno y concientizarse en el nuevo. Esto implica un cambio de mentalidad.

De la misma manera para nosotros: debemos crear un ambiente para la revelación, para la sanidad, para la libertad, para el crecimiento, para los estudios, etc. El entorno es determinante. Y aquí hay tres pasos: (1) salir del viejo entorno; (2) crear uno nuevo; (3) dejar pensar en el viejo y adecuarse al nuevo.

O defines tu entorno y otros te lo definen, particularmente el mundo. El mundo nos ha impuesto un entorno para cada circunstancia. Lo que dicta que es “lógico”, lo que hay, lo que se acostumbra. El entorno nos controla la mente, las palabras, los sentimientos, las habilidades y el futuro.

Algunos entornos que tenemos que cambiar: las compañías (1 Co. 15:33), la música (Mt. 9:24), la presencia de Dios, la conversación (Mt. 16:13-20), las actividades (Jn. 21), etc. Todas estos entornos o ambientes dictados por el contexto sociocultural, la lógica, las circunstancias, las emociones, etc. tratan de controlarnos de una forma anti-reino, y evitan que el Reino se manifieste. Nosotros tenemos que usar nuestra mente para cambiar el entorno y así permitir que el Reino de Dios se establezca en el entorno que es adecuado a su voluntad.

viernes, 4 de mayo de 2012

Devocional Mayo 2012

Nos preocupa muchas veces el “silencio de Dios”. La aparente inactividad divina. Oramos y oramos, y no viene la respuesta. Le añadimos ayuno, vigilias, auto examen, limpieza más profunda, retiros, incremento de lectura bíblica, en un intento de hacer que Dios “se despierte”… porque nuestra barca se hunde. Emulando el clamor de sus discípulos que piensan que Jesús ya no le importa que la barca se hunda y con ellos toda su esperanza, también nos desesperamos, sin llegar a darnos cuenta, en nuestra desesperación y bloqueo, que él está con nosotros en la barca. En ese momento, Jesús se despierta, se para, reprende a la tormenta y se hace bonanza. Se da vuelta y mira a sus discípulos y les pregunta ¿qué pasó con su fe?
Fe cuando todo está bien, fe cuando el profeta está haciendo milagros, fe cuando alguien se juega y nos da el ejemplo, es como orar “danos el pan de cada día” cuando la heladera está llena. Como todo, pero especialmente la fe, la fe se prueba. La fe no se adquiere en términos teóricos, como una impartición de conocimientos académicos. La fe se adquiere a través de la relación experiencial con Jesucristo, y se prueba y depura en las pruebas de todos los días. No por la fuente, sino pro nuestro canal, la fe recibida se contamina con impurezas –emocionales, muchas veces– que deben ser removidas, justamente para no basar nuestra acción en esas emociones que nos confunden y entretienen, sino en la fe pura que viene por el oír la palabra de Dios.
Por muchos años fuimos enseñados que nuestra fe es proposicional. Es decir, finalmente, la fe cristiana es un conjunto de sentencias a ser filtradas por nuestra mente y decantadas en nuestro corazón, por las cuales nuestra vida se fundamente, sostiene, avanza y crece. Nada más alejado, sin embargo, de la realidad y de la afirmación bíblica, como tampoco de la experiencia de cristianos piadosos (¡más que lauchas de bibliotecas!). Pablo reniega, quizá con su frustrante experiencia en Atenas, de enseñarles a los tesalonicenses y luego a los corintios sobre la base de filosofías, sabiduría humana, razonamientos con mezclas culturales, para afirmar que nuestra fe debe ser fundada en el poder de Dios, en el Espíritu Santo en actuación concreta.
La cultura circundante y que ha moldeado el cristianismo de Occidente, que está fuertemente arraigada a y moldeada por las Escrituras, no obstante, sufre de haberse mezclado con la confianza en nuestra capacidad de razonar y extraer conclusiones. Curiosamente esto ya estuvo advertido en la Biblia, y es algo tan viejo como la historia de Adán y su mujer, en el conocido relato de los dos árboles del jardín del Edén. Mientras que el consejo divino para vivir de la manera que Dios quería era comer del árbol de la vida, la serpiente sugirió dirigir la mirada al árbol de conocimiento del bien y del mal como para adquirir sabiduría y ser como Dios. Sin embargo, más allá de querer “ser como Dios”, se ocultaba la raíz de uno de los más grandes problemas de la iglesia actual: confiar en la vía del conocimiento intelectual más que entregarse a la vía de la revelación como medio para llegar a una intimidad con Dios.
El entendimiento lo puedo controlar, y lo que entiendo lo controlo. Esto me da un sentido de (falsa) seguridad y así de autosuficiencia y divinidad. La revelación me deja convicto a la dependencia con Dios, a su búsqueda y a su obediencia, para que él me enseñe el camino que lleva a mi humanización integral (perdida como consecuencia de mi pecado) como a una mayor intimidad con él.
Fe no es un asentimiento o comprensión intelectual. Es una confianza absoluta y ciega en su bondad, poder, provisión, sabiduría, amor, conocimiento, proyecto, etc. que juega a nuestro favor, que se proyecta para nuestro bien, que nos reorienta de nuestros torcidos caminos hacia todo el esplendor y magnificencia de su persona. El fundamento de esta fe no está dado por la filosofía, por el razonamiento, por un método deductivo o inductivo, por conclusiones lógicas, por silogismos aristotélicos de forma típica, ni siquiera por un sincretismo finamente elaborado, donde buscamos “cristianizar” elementos culturales paganos para no ser tan chocantes y criticados de “aborrecedores” de la vida. La fe que cambia, que moldea, que funda la vida nueva es aquella que principia con un encuentro poderoso con Dios, que derrumba todo argumento mental, todo andamiaje que sostenía nuestras vidas y que decía qué se podía y qué no se podía hacer, nuestra ceguera espiritual, nuestro bloqueo cerebral, nuestra dependencia y ciega confianza a lo natural a lo controlable. El hiperactivo y confiado Saulo, es confrontado con el Jesús glorificado –a quien él perseguía– y toda esa autosuficiencia desaparece como el rocío matinal.
Parece que Dios no actúa, es cierto. Parece que él está durmiendo; parece que no nos oye; parece que todo se cae y tratamos de “ayudar”. Pero nuestra  fe descansa en su carácter fiel inmutable, manifestado poderosamente para nuestra redención total. Muchas veces ese parecer nuestro, es un tiempo (desde nuestra perspectiva) de preparación estratégico para la actuación visible. Veamos cuáles son las perspectivas divinas: “Por mucho tiempo he guardado silencio, he estado callad y me he contenido. Pero ahora grito como mujer de parto, resuello y jadeo a la vez. Asolaré montes y collados, y secaré toda su vegetación; convertiré los ríos en islas, y las lagunas secaré. Conduciré a los ciegos por un camino que no conocen, por sendas que no conocen los guiaré; cambiaré delante de ellos alas tinieblas en luz y lo escabroso en llanura. Estas cosas haré y no las dejaré sin hacer. Serán vueltos atrás y completamente avergonzados, los que confían en ídolos, los que dicen a las imágenes fundidas; Vosotros sois nuestros dioses” (Is. 42:14-17).

lunes, 2 de abril de 2012

Devocional Abril 2012


Este mes comienza casi con la fiesta de Pascua, donde recordamos el sacrificio de Jesucristo, obra fundamental para nuestra salvación. Y lo que el Señor estaba haciendo mientras que extinguía su vida en la cruz era reconciliar al mundo con Dios. Dios nunca se reconcilia con nosotros, sino que nosotros somos reconciliados con él por medio de Jesucristo. No es el error de Dios. No es que Dios se haya apartado de nosotros. Por el contrario, somos nosotros los que nos hemos apartado y alejado. Pero el poder del amor de Dios, expresado voluntariamente en la persona de Jesucristo, hace posible que nos acerquemos a él y volvamos a tener una amistad y una concordia con Dios.

En este mundo funcionalista en el que vivimos, donde los valores se moldean fuertemente por los medios, la palabra “amistad” ha descendido a niveles superficiales como nunca antes. Facebook es uno de los responsables de establecer el valor de la amistad, por medio del toque de un botón virtual. Basta con clickear sobre “solicitud de amistad”, como para entrar en una amistad cibernética. ¿Cuántos amigos tengo? Facebook te lo dice. Tener muchos te da popularidad, peso, impronta, renombre. Uno se siente importante, reconocido, escuchado, leído. Mis opiniones importan. Inclusive puedo dialogar, la mayoría de las veces, algo superficial, irrelevante, chato, vano, etc. Pero eso es la amistad de Facebook. Compartir fotografías, algún pensamiento que vaya saber de quién viene. Pero eso no importa. “Me gusta”, tengo que opinar porque la idea es cool. No entiendo lo que dice; no entiendo las implicancias, pero mi amiga dijo que le gustaba y entonces también a mí me gusta. Tiene onda. Esa es la amistad o el concepto de amistad facebookeana.

La redefinición de conceptos es la especialidad de la serpiente. No es lo que Dios dijo (la definición divina), sino mi punto de vista, mi definición. Es más pragmática, es más funcional, es más adaptada a los tiempos, más flexible, más inclusiva. Pero en esta nueva amplitud que adquiere, también es débil, y por cualquier cosa puede eliminarse. También con un doble click virtual.

Gracias a Dios la amistad con Dios no se desarrolla por medio de clicks. Requiere algo más y es más doloroso, pero es fuerte y duradera. Dura por toda la eternidad. No se rompe por un caprichito irrelevante. La reconciliación nos pone en una relación de amistad con el Creador. Dios llamó a Abraham y a los discípulos “amigos”. Y esa amistad no era para compartir fotos ni pensamientos espurios, sino la realidad del Reino. Tan distorsionada o minusvalorada está la amistad que podemos contemplar la posibilidad de ser cristianos sin ser amigos de Jesús. Inclusive podemos aspirar a un ministerio, y un ministerio poderoso, pero no a la amistad con Jesús. Aceptamos la amistad de “automatismo”, de click, de superficialidad, pero no la amistad sacrificial, la que queda sellada con la marca del Espíritu Santo en nuestro corazón.

Abraham no era perfecto. Muy lejos de esta realidad. ¿Qué decir de los discípulos? ¡Un desastre! Nos preguntamos ¿cómo puede tener Jesús tales amigos? Porque amistad no quiere decir perfección, supersantidad, superespiritualidad. Tiene que ver con obediencia, con un corazón dócil y amplio, con fidelidad, con presencia, con perseverancia, etc. ¿Preferimos el estrellato de un ministerio antes que la intimidad con el Señor? ¿Anhelamos más el reconocimiento de los hombres que el de Dios?

La reconciliación logra ponernos en amistad con Dios. Sepamos aprovechar esta accesibilidad de Dios, que es para nuestro bien. Disfrutemos de nuestra vida cristiana y el ofrecimiento de la amistad divina, disponible a través de Jesucristo. Profundicemos esa amistad porque tendremos los beneficios de que Dios nos abra su corazón y nos muestre una cantidad de maravillas que escapan a todas las que otras amistades pueden mostrarnos y ciertamente a la de la chatura de Facebook.

domingo, 25 de marzo de 2012

¿Cuál es la verdadera evolución?


La imagen me lleva a compartir una pequeña reflexión, como contraste de dos actitudes. La de arriba es la de la evolución darwiniana, donde el ser humano se yergue sobre sus dos pies, como producto de la evolución, el paso del tiempo, el azar, mutaciones fortuitas, de un conocimiento innato, genético que se organiza en estructuras superiores.

Me habla de un ser humano con una autoconfianza en su propia realización y su capacidad “natural” de hacerlo. Me habla de capacidad, de dominio, de que nada se le va a oponer.  Me hace recordar al cuadro de la Ilustración europea de siglos anteriores y la confianza darwinista que había aquel tiempo (s. XIX), donde ya se decía que el siglo siguiente iba a ser el siglo de oro, porque no habría más guerras, ni enfermedades. La ciencia, la tecnología, la sapiencia humana solucionaría todos los males del ser humano y de la sociedad. ¿Por qué este descubrimiento? Porque ahora el hombre se había puesto a pensar. La ciencia avanzaba, la medicina avanzaba, la sociedad avanzaba, las condiciones laborales y económicas avanzaban… Pero dos guerras mundiales desbarataron el proyecto modernista de la confianza en la razón.

En toda esa confianza y efervescencia de aquel tiempo, desoy7eron lo que la Biblia decía: el hombre es pecador. Por lo tanto, está destinado al fracaso. Su empresa, su proyecto autosuficiente está destinado al fracaso.

Las dos guerras pasaron, la cosmovisión modernita (sostenida por algunos todavía), cayó, pero el hombre se sigue erigiendo como explicación de todo. Desarrolló el postmodernismo con la confianza en el sentimiento, en lo subjetivo. Pero nuevamente se olvida este proyecto inconcluso aún en que el hombre sigue siendo pecador. No es la filosofía o la cosmovisión que adopte. Es la realidad interna inexorable de que el hombre es pecador. No puede resolverlo con tecnología, ni ciencia, ni filosofía, ni religión, ni sociología, ni ética, ni economía.

La segunda parte muestra la persona que reconoce su insuficiencia, que reconoce su pecaminosidad y su fracaso ante Dios. Y que encuentra en la cruz de Cristo, aquel que es Todosuficiente para levantarlo de su fracaso. Es aquel que se hace eco de las palabras de Juan el Bautista: “es necesario que yo mengue y él crezca”. Es aquel que se rinde al que lo puede completar con la plenitud de Dios.

Dios quiere humanizar al ser humano, en el sentido de hacerlo como el varón perfecto. Es la obra del Espíritu de Dios que trabaja en nosotros en la medida que nos inclinamos ante la obra completa de la cruz. No importa uno u otro marco filosófico. Nada de esto nos hace “evolucionar”, pero el ser humano sólo va a crecer hasta la estatura de la plenitud de Cristo, cuando se incline, se quebrante, se postre delante de él.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Devocional Marzo 2012


Por una experiencia personal, donde claramente el enemigo se había ensañado contra nosotros (como familia) pudimos experimentar lo que la Palabra de Dios dice en Sal. 34:7: “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen y los defiende”. No habla de los perfectos ni de los super-santos, super-ungidos, ministros y conferencistas internacionales, super-apóstoles y quasi-querubines. Habla de los que le temen. Temor de Dios, es lo que Dios quiere para nosotros.

Algunas veces creemos que el temor de Dios es simplemente miedo a Dios. Esto es incorrecto. Se nos dice que no, es la reverencia a Dios. Pero la Biblia no habla de reverencia, habla de temor, e inclusive en algunos pasajes habla de “terror del Señor”. Me da la sensación que no entendemos muchas veces con quién estamos tratando. No es un igual, ni siquiera un ser superior o muy superior a nosotros. Se trata de Dios. De alguien completamente diferente, por cuanto es Creador; completamente diferente, por cuanto no es pecador; completamente diferente, porque no tiene ni necesita consejero. Y así podríamos habla de su infinita alteridad con respecto a nosotros. No obstante, somos criaturas hechas a su imagen y semejanza, y nos dio el privilegio inigualable de poder tener comunión con él. Pero esa comunión o a través de esa comunión se debe desarrollar el temor.

Y una de las ventajas que tenemos es su promesa: el ángel del Señor nos defiende. ¿De qué nos defiende? Del enemigo. De nuestros errores. Nuestra imperfección como nuestra debilidad queda cubierta.

Estamos acostumbrados a tener seguros: seguro de vida, de incendio, contra terceros, todo riesgo, etc. Pero esto no evita el daño. Se paga, pero el daño está. El ángel de Jehová se anticipa a todo esto y evita la situación. No tenemos que preocuparnos por tener todas las variables bajo nuestro control. No tenemos que alterarnos para ser perfectos. No tenemos que preocuparnos sobre si nos alcanza o no. No tenemos que preocuparnos, sino vivir en paz. El ángel de Jehová nos cubre. Es el mejor seguro contra todo riesgo, tanto espiritual como material. Mi esposa y yo pudimos experimentarlo en una manera inimaginable hace menos de un mes.

Más allá de la protección física, vimos la gloria de Dios en lo material en forma sorprendente. Y sabemos que esto es así, porque estuvo a punto de ocurrir la desgracia, estábamos hablando del Salmo 34:7. En el mismísimo instante que terminamos de citar el texto, vimos las legiones de demonios que quisieron terminar con nuestras vidas. Pero la mano de Dios estuvo sobre nosotros. Arriba de esa mano, pudimos observar que la única nube negra que había en todo el cielo. Pero entre la nube y nosotros, estuvo la mano del ángel del Señor. Íbamos a 130km/h y la goma nueva (de una cubierta anti-pinchadura) se corta misteriosamente, sale de la rueda y… nada sucedió. Pude detener el auto en medio de la ruta… Y esperar el auxilio. El mecánico del taller me dijo: “Nunca vi nada igual”. Nosotros tampoco. Pero lo que experimentamos es la veracidad del texto bíblico, la fidelidad de Dios, su presencia, su mano que nos cubrió, un enemigo que quiso hacer el mal y fracasó, porque alguien peleó por nosotros.

El cubre nuestras imperfecciones, nuestros errores, nuestras falencias, nuestras áreas incompletas. Y también nos cubre de nuestros enemigos. “Esta batalla es del Señor”, dice el AT en un par de ocasiones. La que experimentamos fue una de ellas. Inadvertida. Una “ataque sorpresa”. Pero en el auto veníamos hablando de Dios, de los ángeles y su ministerio, alabando a Dios, escuchando su Palabra en CD’s, reflexionando sobre su verdad. “El Señor acampa alrededor de los que le temen, y los defiende”. ¡Hay poder en su nombre! ¡Hay veracidad en sus promesas! ¡Hay prontitud en su respuesta! ¡Alabado sea el Señor!

domingo, 12 de febrero de 2012

Una historia que se repite... lamentablemente


Whitney Houston se fue. Está bien... se fue con el Señor, pero se fue. ¿Se fue en "el tiempo de Dios"? ¿Se fue como Dios quiso que se fuese? ¿Dio todo lo que pudo o tuvo para dar? Creo que a la luz de la trayectoria desviada que tomó su vida, y sin querer ponernos en sabelotodo omniscientes, las respuestas son "no".

¿Un "remake" de Elvis? ¡Y cuántos talentosos anónimos, habrán seguido el mismo rumbo! Dos famosos, porque dejaron cultivar su talento suficientemente, para que éste brillara, pero cuántos que no llegaron a este nivel de popularidad, recorrieron la misma trágica historia... o lo están haciendo.

Son los seducidos por el rey de Sodoma, el que promete darte todo lo que uno pida con tal de que él tenga derechos sobre uno (Gn. 14:21ss). Seducidos por Egipto y sus carros, seducidos por el mundo y las oportunidades, seducidos por la potencia de los deleites, seducidos por la Babilonia y sus copas rebosantes del vino de la fornicación, seducidos, finalmente, por la serpiente a tomar del fruto prohibido para "ser como Dios".

"Quiero cantarle al mundo; quiero el reconocimiento del mundo, quiero el poder del mundo, quiero los premios del mundo, el aplauso del mundo, los laureles del mundo, la gloria del mundo..."

Dios da dones, talentos, ministerios y todo lo que uno pueda imaginar. Y todo es bueno, viene de Dios. Pero nada de eso define a la persona ni le da identidad. Y cuando uno pierde esto cae en el más profundo vacío existencial. Las soluciones para esto que propone el mundo son inmediatas: tratamiento psicológico, primero. Pero en el mientras tanto el vacío está allí y no se va; por el contrario se acrecienta, con la depresión, con la angustia. ¿Cómo se para? Y probemos con el alcohol, las drogas, el juego, los viajes, la fama y más fama, mansiones, mujeres, hombres, cambio de sexo... pero nada de eso llena el vacío que sólo Dios puede llenar. No pocos ministros caen en esto también. Porque el ministerio no llena el vacío, ni el ministerio exitoso lo hace. El ministerio rompe matrimonios. El ministerio hunde a los ministros en las drogas. El ministerio ciega a los siervos en el activismo. Porque el ministerio no puede ocupar el lugar de Dios.

El hijo pródigo se perdió fuera de la casa. Su hermano mayor, dentro. Los dos se perdieron. Pero los dos pudieron encontrar restauración en su relación reavivada con su padre.

Fuera de la comunión íntima con el Padre por medio de Jesucristo, hay perdición, vacío, autodestrucción. No dejemos que las luces de los dones (aun los del Espíritu Santo), las glorias de los ministerios, los éxitos que los talentos nos brinden encandilen nuestros ojos y nos aparten del Dios vivo y de nuestra dependencia con él.

Whitney dio mucho... pero pudo haber dado mucho más. Porque la gracia siempre va en aumento, como la luz de la aurora. Pero se desconectó de esa fuente de gracia y poder. ¿Cuánta alabanza y adoración a Dios quedó en su corazón sin nunca salir y queda ahora sepultada para siempre. David preguntará: “¿Alabará el Seol al Señor?” Con ella (como con Elvis, por decir otro caso conocido, y podríamos añadir, como mencioné, muchos anónimos, pero que para Dios no lo son), quedaron enterradas para siempre melodías que sólo Dios pudo producir por estos canales, que un trágico momento de su vida decidieron no cantar para él.

viernes, 10 de febrero de 2012

Devocional Febrero 2012


¿El enemigo quiere guerra? No sabe con quién se mete. ¿Nosotros sí? Leyendo la epopeya del éxodo del pueblo de Israel de la tierra de Egipto, el enemigo no sabe con quién se metió. Bueno, Satanás sí sabía con quién se metía. Quizá con su arrogancia y orgullo sin paralelos quedó enceguecido creyendo que podía exterminar al pueblo del cual saldría la promesa. Mientras tanto oprimió por largos años a generaciones de judíos. A costa de la sangre de ellos edificó su imperio: la primera potencia mundial de su tiempo.

Pero Dios vio la aflicción de su pueblo y levantó a un Moisés, el canal humano escogido para obrar sus maravillas contra el faraón, el canal humano escogido por Satanás para oprimir al pueblo de Dios, cortarles todo futuro, toda esperanza, tratarlos como animales (o aun peor), explotarlos según su capricho, etc. Dios envió diez plagas que fueron cachetazos vergonzosos a las divinidades en las que Egipto ponía su confianza. El ganado, la vegetación, la economía quedó devastada. La potencia económica de la que se jactaba comenzaba a tambalear. La luz quedó convertida en tinieblas, y la esperanza de toda familia incrédula, incluyendo a la del faraón fue cortada con la muerte de los primogénitos. Finalmente el ejército del faraón quedó sepultado en las aguas del mar Rojo. Como dice el cántico de Moisés: “el enemigo dijo…” lo que iba a hacer, pero no pudo. Sin embargo, Dios sopló… y fueron libres.

Muchas palabras del enemigo no tienen fuerza y quedan sordas ante el simple soplido de Dios. Son palabras que amedrentan, amenazan, intentan atemorizar, dudar, etc. Es, en rigor, lo único que el enemigo puede hacer. No tiene fuerza para atacar directamente. Sólo cuando creemos en sus palabras cobra ventaja. Sólo cuando hacemos lo que él nos dice, él se hace fuerte y nos vence. Pero sus muchas palabras son sólo “palabras que se las lleva el viento” (de Dios). Son palabras, al fin, y como tales tienen fuerza como para querer convencernos de lo que dicen. Al ser palabras, generan fe (negativa en este caso). Si vamos al caso, finalmente, nosotros le damos la fuerza y validez que queremos que tengan.

Pablo nos advierte de que estamos en guerra. Y podemos saber esto, predicar esto, enseñar esto. Pero muchas veces no nos percatamos de esta realidad hasta que una granada enemiga hace volar una casa cerca de nosotros, hasta que sentimos el impacto cerca, hasta que sentimos el olor a quemado o la explosión deposita sus cenizas sobre nuestras cabezas, o hasta que las enfermedades se multiplican misteriosamente, los accidentes, los problemas no habituales y aun las muertes parecen como apuntar a que alguien está organizando algo tenebroso contra nosotros. Esa es la realidad de la guerra espiritual.

Hay dos sentimientos que se combaten dentro de nosotros. Uno, diría, pseudocristiano, pseudopiadoso: el de resignación. “Bueno –decimos– hay que soportar la prueba”. Creemos que es la correcta posición cristiana, nos dejamos avasallar por el enemigo, porque de todos modos “el morir es ganancia”. El otro sentimiento es el de guerra, el de hacer frente, el ofensivo, el hacer que el enemigo se calle definitivamente.

Desde afuera del combate, como espectadores, todos gritamos el segundo. “Hay que hacer guerra”. La oración es aguerrida, potente, tronante. Pero cuando estamos dentro y somos golpeados de una u otra forma por los primeros vientos del terror enemigo nuestra oración se hace más “para adentro”, recurrimos más rápido a la medicina que a la oración de fe. Oramos en silencio convirtiendo la oración en pensamiento, porque ya no nos sale el fervor de antes.

La realidad es que no llegamos a entender lo que fue la opresión de Egipto por 430 años sobre muchas generaciones hasta que el susurro del enemigo pone su garra sobre nuestro hombro y oprime un poquito hacia abajo. Pero la verdad sigue siendo esa del cántico de Moisés: “el enemigo dijo… pero soplaste tu viento”. Aprendamos a creer, y a ver y oír el viento de Dios. Los períodos largos de prueba muchas veces son para desbaratar todo dios en el que podamos confiar: los dioses de la autosuficiencia, de la experiencia, del conocimiento, del poder económico, etc. Dioses que mueven a este mundo. Pero el mundo y sus dioses quedaron avergonzados en aquel tiempo, y la verdad de Dios es la misma en todo tiempo. Lo único que le quedó al pueblo de Israel fue creer. Y lo único que podían hacer los egipcios para salvarse era creer y humillarse ante el verdadero Dios.

Dios tarde o temprano, sopla su viento y los enemigos que nos oprimían destrozándonos nuestra salud y nos atemorizaban con persecuciones, denuncias y faltas de paz; los enemigos de temor, de amenazas, de bloqueos que nos cortaban el futuro; los enemigos de accidentes, de infortunios, de deudas que ponían delante de nuestros ojos un panorama sombrío, desaparecerán porque se los llevó el viento.

Llamemos a ese viento divino. Clamemos para que el viento de Dios borre toda iniquidad, toda obra de las tinieblas, toda cosa que va en contra del propósito de Dios para nuestras vidas y la vida de nuestra nación. Creo que este año es un año de “vientos del Señor”. Vientos que van a disipar las nubes negras que por mucho tiempo estuvieron sobre nosotros. Vientos que van a soplar llevándose todo mal hábito, toda atadura, todo pecado, toda seguidilla de desgracias, maldiciones familiares, enfermedades crónicas, etc. Es el viento de Dios que comienza a soplar, abre el mar Rojo y se traga a los que en otro tiempo eran nuestros opresores.

Jesús, en la cruz, lo consiguió para nosotros. Lo esperamos con ansias. Llega con poder. Este año lo veremos. Este año se va todo aroma fétido de nuestras vidas, y el viento de Dios trae otro aroma: aroma de vida, aroma de salvación, sol de justicia, viento de victoria y liberación. Este es el año del Señor, del viento de Dios.