miércoles, 21 de diciembre de 2011

Apocalypse Now

No se trata de un remake de la legendaria película, ni un comentario de la misma. Nada que ver. Se trata de ver ahora el libro de Apocalipsis a la luz de los acontecimientos mundiales. No me suscribo indeclinable y exclusivamente a ninguna de las teorías interpretativas conocidas (preterista, historicista, futurista, idealista), sino que creo que hay elementos en cada una de ellas que son válidos y otros algunas veces cuestionables o impropios. Pero más me interesa ver el mundo espiritual que describe el Apocalipsis. Creo que es más valioso. Este libro, como otros, y no quiero descartar ninguno del canon bíblico, aportan bastante información para conocer el mundo espiritual. Pero creo que la introducción a Apocalipsis nos da las bases para conocer este mundo espiritual.

En principio hay cuatro principios hermenéuticos que hay que tener en cuenta, no muchas veces enfatizados. El primero es que uno debe ser cristiano. Es cierto que un brujo puede y de hecho conoce el mundo espiritual. Pero lo conoce en forma distorsionada. Lo conoce como Satanás y sus huestes se lo han revelado. No le han dicho toda la verdad, y probablemente no le hayan dicho nada de la verdad. Inclusive ellos se hayan confrontado con el Reino de Dios, y hayan advertido que su poder es muy superior. Eso es lo único que conocen: que hay un poder superior. Pero no pueden conocer el Reino y el mundo espiritual en plenitud.

El segundo principio es que uno debe vivir la vida cristiana, debe vivir un cristianismo espiritual para entender cómo opera. El principio disyuntivo de la filosofía cartesiana (el sujeto está totalmente separado del objeto de estudio) que por un lado ha contribuido al tremendo desarrollo (en un sentido) de las ciencias, ha hecho estragos en otras disciplinas del saber, como es teología y fe. Porque se puede estudiar la fe “objetivamente”, es decir, sin practicarla. Es un objeto del conocimiento intelectual. Pero nunca Jesús, ni ningún otro hagiógrafo pensaron en tal ridiculez. Todo aquel que enseñó algo del mundo espiritual (y todos lo hicieron), vivieron y experimentaron ese mundo espiritual. Hablaron de su experiencia. Dios les explicó la verdad en medio de la experiencia que estaban viviendo. O, en otras palabras, la experiencia espiritual moldeó o preparó la mente como para captar la explicación de la revelación de la cual participaban. Esto es muy claro en Apocalipsis.

El tercer principio es que el mundo espiritual es un mundo de y en conflicto, al menos por el momento. Si rechazamos esta tensión espiritual constante y abrogamos por un pacifismo estático, donde el (omni)control de Dios tiene digitadas todas las cosas y nada se presenta como un desorden caótico u orientado hacia la oposición al plan de Dios, entonces la comprensión del mundo espiritual será una megarrepresentación cósmica donde cada uno representa un rol concreto y donde cada actividad, decisión, emoción está siendo desarrollada como fue predicha en tablas atemporales, y donde el sentido de libertad entra en crisis y en necesidad de redefinición. Es cierto que se va a tener una comprensión del mundo espiritual, pero dudo que sea la correcta.

El cuarto principio es una necesidad nuestra y una consecuencia del segundo: la constante renovación de nuestro entendimiento. No hay posibilidad de comprender y comprobar la voluntad de Dios a menos que vivamos renovando nuestra mente. Y la fuerza más revolucionaria en este sentido es el poder del Espíritu Santo obrando en nosotros a través de las experiencias espirituales. Y como la iluminación de este mundo sobrenatural es progresiva, nuestro entendimiento debe renovarse conforme progresamos en nuestro estudio.

Los primeros versículos de Apocalipsis dan tanta información que es imposible resumirla en pocas líneas. Para bosquejar los primeros versículos digamos lo siguiente en forma esquemática:

·         1:1a. Desencadenamiento de la revelación: Dios -> Jesucristo -> ángel -> Juan -> nosotros.

·         1:1b. Revelación de Jesucristo: lo revela a Jesucristo, muestra quién es en la creación

·         1:1b. Revelación a sus siervos: un mensaje para la iglesia. No es un mensaje evangelístico

·         1:1c. Las cosas que deben suceder pronto

·         1:2. Juan dio testimonio de la palabra de Dios, de Jesucristo y de todo lo que vio.

·         1:3. Clave de la felicidad: leer, oír y guardar el mensaje del Apocalipsis, en forma individual y colectiva.

·         1:4a. Las siete iglesias de Asia

·         1:4b. Gracia y paz

·         1:4c. Dios Padre: el que es, el que era y el que ha de venir

·         1:4d. Espíritu Santo: los siete Espíritus que están delante del trono

·         1:5a. Jesucristo: testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra

·         1:5b-6a. Doxología: Jesús nos ama, nos libertó del pecado y nos hizo un reino y sacerdotes para Dios

·         1:6b. Doxología: A Jesús sea la gloria y dominio por los siglos de los siglos.

Me ha llevado cuatro mensajes[1] (estudios bíblicos) bien densos desarrollar toda esta información, y estoy consciente de no haber involucrado toda la información que brindan. ¿Por qué describe a Dios, al Espíritu Santo y a Jesús en los términos que lo hace? Ya está anticipando desde la presentación Trino Dador del saludo de gracia y paz lo que los receptores necesitan saber para lo que tiene que suceder pronto. La clave de la felicidad para las siete iglesias en la tierra no está desligada de la gracia y paz enviada desde el cielo, pero lo recíproco también es cierto: la gracia y paz no actúan automáticamente si no hay una responsabilidad nuestra en recibirla según los delineamientos bíblicos.

No es posible comprender el mundo espiritual y cómo trabaja, si no comprendemos a Dios cómo se revela. El Dios Trino, aquí se revela en trece (3+7+3) características divinas, presagiando un tiempo de rebelión y apostasía de dimensiones únicas. Dios le habla a su iglesia preparándola para mostrarle un tiempo particular venidero, que ya en aquel (fines del siglo I d.C.) tiempo mostraba signos de quiebre. Pero al mismo tiempo, lo que Jesús hizo por nosotros nos involucra en una responsabilidad como nunca antes, por ser parte de su Reino: el ministerio sacerdotal, la intercesión.

Hay algo clave en este tiempo para la iglesia y es estar en el trono de Dios por medio de la intercesión, porque sólo el clamor del pueblo delante de él va a abrir los cielos para producir los cambios necesarios (en el cielo y en la tierra) tendientes a la resolución del conflicto cósmico. La iglesia está llamada a participar e involucrarse. La iglesia lo va a entender cuando lo haga y Dios se lo revelará cuando participe de este mover de intercesión. En rigor, diría, los intercesores son los más privilegiados en este sentido, porque son los que más entienden el mundo espiritual. Diría que se mueven en otra esfera, participan (en forma más “tangible”) de otras realidades. Al experimentar un mover mucho más cercano y palpable, sus mentes están conformadas más cercanamente a la mente de Cristo. Algunas veces, por eso creo, no se los entiende o se los tilda de esto o aquello, porque ven y en consecuencia piensan de una manera diferente.

No estoy diciendo con esto que sean “más perfectos” que otros, o que sus palabras o conocimientos sean “infalibles”. Nada de eso. No obstante considero que es bueno escucharlos, pero mejor es interceder. Dios nos quiere enseñar de primera mano las cosas celestiales. Y el acceso está dado para todos.



[1] Considerando que tres de ellos están dedicados a la presentación que Juan hace de cada una de las personas de la Trinidad. Los estudios pueden verse en mi muro en Facebook.

jueves, 15 de diciembre de 2011

La Palabra como moldeadora de identidad


Cuando pensamos en el Pr. 18:21, que dice: “Vida y muerte están en el poder de la lengua; los que la aman comerán de su fruto”, se nos viene a la mente una orientación potencial de la explicación del texto en términos contemporáneos. Pero quiero hacer otra lectura del mismo, en referencia, también, a la palabra emitida, aquí ejemplificada por la lengua, con apoyo del versículo anterior. Y lo quiero hacer a la luz de un interesante artículo que presentara David Avilés tratando la gestualidad religiosa y la formación de identidad[1].

A la luz de los estudios neurocientíficos actuales, nadie duda que nosotros somos en parte producto de una contribución genética y de un medio ambiente el cual está antes que nosotros apareciéramos en él. Por así decirlo, estos son elemento fuertemente deterministas en lo que va a ser nuestra personalidad: no dependen de nosotros; depende de otros. Pero los neurocientíficos llegan a romper este casi fatalista determinismo, al mostrar que nosotros estamos genéticamente determinados a no ser genéticamente determinados.[2] Porque si bien el contexto está alrededor de nosotros y nos (altamente) influencia, no determina mucha de sus propuestas. Todavía hay un elemento de libertad dentro de nosotros que determina el curso de nuestra vida, bien a pesar de lo que dicte dicho contexto.

Entonces vemos un tercer elemento moldeador de nuestra persona que son nuestras decisiones. Sin embargo, desde una cosmovisión cristiana, no podemos evita el estructurar al ser humano como alguien que en parte es espíritu y en parte es físico. Y su espíritu está en contacto con el Espíritu Santo (u otras fuerzas espirituales existentes e influyentes). De modo que como cristianos debemos admitir que este factor, en interacción con los otros –fundamentalmente con nuestras decisiones– actúa en la transformación de nuestro ser.

En Romanos 6:17s Pablo agradece a Dios, diciendo “que aunque erais esclavos del pecado, os hicisteis obedientes de corazón a aquella forma de doctrina a la que fuisteis entregados;  y habiendo sido libertados del pecado, os habéis hecho siervos de la justicia”. La figura que pone en el primer versículo en la expresión “forma de doctrina a la que fuisteis entregados” puede visualizarse como un “molde de doctrina en el cual fuimos vertidos”. De hecho “forma” es la palabra griega typos, que también es molde, y entregado (paradídomi), es aquello que viene dado y así se pasa.

La enseñanza (didajé) no es otra cosa que la organización de palabras a partir de una cosmovisión dada y orientada hacia un fin, funciona como una suerte de molde, tal que si nos amoldamos a él, es decir, si “obedecemos de corazón”, tomamos la forma de esa enseñanza. La enseñanza nos estructura, nos da la forma como hijos/as de Dios, y particularmente “siervos de justicia”. La figura familiar de la forma, el molde y nuestra forma, que me viene a la mente es la de un flan o gelatina que se vierte en un molde. Al principio, mientras está caliente (etapa de formación, de impartición, de crecimiento), no tiene forma propia; es líquido. Pero cuando se enfría, el flan o la gelatina tiene la forma del molde.

El secreto, según proverbios, es “amar” esa palabra o enseñanza. Comemos su fruto. El fruto es siervo de justicia. Si se dice comúnmente “somos lo que comemos”, nos transformamos en “hijos de la enseñanza” o de la Palabra.

Pero el proverbio nos dice la otra cara de la moneda también: la vida y la muerte. El secreto es la palabra que amamos. Pablo anima a los colosenses a que la Palabra de Dios abunde en nuestros corazones (Col. 3:16), y no una abundancia estática sino transferible y comunicativa.

La decisión está en nosotros, en qué amamos. Y el amor, para ser tal, debe ser libre. Por eso esta área no puede, desde esta perspectiva, estar determinada por otros factores. Ciertamente, desde una perspectiva bíblica, la gracia de Dios la habilita para decidir en libertad, pero la decisión la tomamos nosotros.

La palabra de Dios restaura la imagen de Jesucristo en nosotros. Pablo, con dolor en el corazón por el retroceso de los gálatas dice que vuelve a sufrir dolores de parto, para que Cristo sea formado en ellos (Gá. 4:19), y los lleva a un razonamiento centrado en la palabra de Dios y la experiencia con el Espíritu Santo. El Espíritu Santo y la Palabra de Dios van a trabajar conjuntamente para formar el perfil de Jesucristo en nosotros.

Es clásico el texto de Ro. 12:1s en este sentido. No amoldarse a este mundo, sino permitir ser transformados por la renovación de nuestro entendimiento (nous). Implica que debemos pensar de otra manera, hay otra estructura de palabras que deben moldear nuestra forma de pensar. Esa estructura de Palabras es el evangelio del Reino, es el lenguaje que el Señor nos vino a dar, para lo cual, Jesús mismo, al comenzar su ministerio y decir el Reino de Dios se ha acercado, dice “arrepentíos y creed en el evangelio” (Mr. 1:15) (dos imperativos presentes, que más rigurosamente deberían traducirse como “permanezcan arrepintiéndose y creyendo en el evangelio continuamente; una actitud de constante cambio de modo de pensar y un creer nuevo a consecuencia de la fe originada por la palabra –cf. Ro. 10:17).

Está en nosotros, en nuestras decisiones, el abrir esta puerta de nuestro entorno espiritual para que seamos transformados para ese propósito divino de ser “siervos de justicia”. Jesús tomó la naturaleza de siervo (morfé doúlou) (Fil. 2:7), e indiscutiblemente la palabra que él oía para hacer su ministerio era la de su Padre.  No hay otra forma, entiendo, de llegar a esa meta (imitar a Cristo), sin amar la Palabra de Dios.

Horacio R. Piccardo



[1] David Avilés: "La corporalidad Religiosa contemporánea. La gestualidad religiosa como construcción de identidad". GEMRIP. Recuperado el 15/12/2011 de http://religioneincidenciapublica.files.wordpress.com/2011/12/corporalidadreligiosacontemporanea-aviles.pdf.
[2] Ansermet, F. y Magistretti, P.: A cada cual su cerebro. Plasticidad neuronal e inconsciente. Madrid: Katz, 2010, p. 24.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Revelación y cateogorías cognitivas


Hace más de tres décadas el antropólogo Paul Hiebert publicaba un artículo sobre la relación o influencia que había entre los idiomas griegos y hebreos con las categorías cognitivas que él llamó “conjuntos limitados” y “conjuntos centrados” respectivamente. No viene al caso tratarlos aquí, pero el autor mostraba cómo un lenguaje condicionaba la forma de pensar.

El apóstol Pablo plantea en 1 Co. 2 un tema paralelo en el contexto de la división partidista que se daba en la iglesia de Corinto, al parecer por cabecillas con algún conocimiento por arriba del común denominador de dicha congregación. De modo que él comienza planteando que cuando él llegó a Corinto y comenzó al fundación de la iglesia no fue con “superioridad de palabras o de sabiduría” (2:1). Su objetivo era transmitir lo que emanaba del sacrificio de Cristo (2:2) y su mensaje estuvo caracterizado no por verborragia barata, sino “con demostración de Espíritu y de poder” (2:4), que tenían como propósito que la fe de los conversos descansase no sobre desarrollos lógicos del razonamiento humano, sino sobre la experiencia concreta del Espíritu Santo obrando en las vidas de las personas (2:5). Esto es bastante significativo, ya que Charles Kraft sostiene que el conocimiento experiencial es el más poderoso para cambiar las cosmovisiones, mientras el intelectual el que menos logra (aunque sea el más difundido en occidente, incluyendo en los seminarios). En este sentido, como ejemplo, el ciego de nacimiento no podrá decir mucho delante de los teólogos profesionales del templo, pero su teología principiaba en una cosa: “si es pecador, no lo sé; una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo” (Jn. 9:25).

Ahora, esto no quiere decir, que el apóstol se dedicara todo el tiempo a hacer milagros y señales de poder. Había tiempo para hablar sabiduría. Pero en este sentido hace dos observaciones. Primero la habla con los que han alcanzado madurez y segundo, la sabiduría de la que habla es la celestial, la divina, la que estuvo predestinada para nosotros para nuestra gloria (2:6s). Dicha sabiduría escapa a cualquier razonamiento e imaginación humana. Escapa a toda estructura cognitiva y vocabulario humano (2:9). Sin embargo, Dios la hizo accesible a nosotros (ya que estaba preparada para nosotros) por medio de la revelación del Espíritu Santo (2:10).

Aquí el Espíritu Santo parece estar cumpliendo una doble función. Primero de escudriñar todo y particularmente “las profanidades de Dios”. Y segundo, nos las revela a nosotros. Jesús había dicho que el Consolador no hablaría de su propia cuenta, sino que nos hablaría todo lo que oyese (Jn. 16:13). Todo lo que el Padre le habla al Hijo, el Espíritu Santo nos lo transmite, y así nos guía a toda la verdad. Estas profundidades de Dios, quizá tengan que ver fundamentalmente con los “pensamientos de Dios” (2:11). De la misma manera, el espíritu humano examina los pensamientos del ser humano (2:11; cf. Pr. 20:27). A la luz de estos versículos, el diagrama (no mostrado) se muestra incompleto, por lo que deja de decir, pero las Escrituras no niegan –sino que afirman– nuestra comunicación en oración y adoración en el espíritu (cf. Jn. 4:24; 1 Co. 14).




El Espíritu Santo testifica a nuestro espíritu que somos hijos de Dios (Ro. 8:16) y nos revela lo que Dios nos ha dado gratuitamente (2:12). Y Pablo dice que “de esto hablamos”. Esta es la sabiduría espiritual, celestial o de Dios de la cual habla. Pero esta revelación genera un lenguaje nuevo, ya que las categorías lingüísticas están muy limitadas para la revelación que escapa, como dijo, a la imaginación humana. Es así que el Espíritu Santo enseña nuevas palabras acomodando esos pensamientos o revelación a un nuevo lenguaje espiritual (2:13).

Es muy común ver en chicos en edad de crecimiento que ante nuevas experiencias y un vocabulario reducido, inventan alguna palabra (cuando ya existe una apropiada, pero que la desconocen) para expresar lo vivido. Algunas veces se ha argumentado que un documento bíblico no es de tal o cual autor, porque el vocabulario es diferente. Pero la realidad es que experiencias nuevas generan categorías cognitivas nuevas que requieren un nuevo vocabulario, enseñado, en este caso, por el mismo Espíritu Santo. Pablo había experimentado, por ejemplo, un rapto al tercer cielo donde dice que “escuchó palabras inefables que al hombre no se le permite expresar” (2 Co. 12:4).

¿Cómo comunicar o a quién comunicar esto? ¿Quién puede recibirlo? ¿Para quién es? Ciertamente no para el hombre natural (psujikós), el almático, el que se dirige por sus emociones y pensamientos. Para él las cosas del Espíritu son locura. No las puede entender, porque no tiene el Espíritu Santo, que de alguna manera “decodifica” y da entendimiento a la persona. Se disciernen espiritualmente (2:14). Por el contrario, el ser humano espiritual (pneumatikos) está habilitado para discernirlo todo. Sin embargo, no todo creyente, da a entender Pablo, está habilitado. Porque el carnal (sarkinos), el niño en Cristo (como opuesto al espiritual) (3:1) inhabilita esta revelación y entendimiento. Las divisiones, los celos, las contiendas (no creo que la lista esté cerrada) son ejemplos de esta inmadurez que hace el cristiano se comporte (o viva) como un ser humano inconverso (3:3s). Si bien tiene la posibilidad del acceso a los mismos recursos revelatorios de Dios (tiene la mente de Cristo -2:16), no obstante su estilo de vida bloquea esa posibilidad y requiere que se le de “leche”.

Este capítulo 2, y sobre todo estos versículos iniciales del 3, junto con lo que la 1 Corintios enseña, que Pablo dice que sigue siendo “leche”, nos muestra, para nuestra vergüenza, que muchas veces andamos también nosotros “como hombres”. Perdemos mucha revelación por hacer caso a cuanta cosa mundana se nos cruza por nuestras mentes y corazones. Pablo enseña en Ro. 12:2, que debemos transformarnos (metamorfoo) por medio de la renovación de nuestro entendimiento para poder comprobar (dokimazo) la voluntad de Dios, que es buena, agradable y perfecta. La voluntad de Dios, entonces, puede ser verificada pero sólo con una mente renovada. Y la mejor forma de renovarla es con experiencias con el Espíritu Santo, que son capaces, por un lado, de desbloquear patrones antiguos de pensamientos y por el otro lado darnos nuevas cosmovisiones, nuevas ideas y un nuevo lenguaje. Nuestra mente debe renovarse en el espíritu que está detrás de ella (Ef. 4:23).

Esto nos anima a buscar nuevas experiencias con el Espíritu Santo, que tiene que ver con la sabiduría de Dios. Esto nos habla de crecimiento espiritual, de madurez, de nuestra gloria a la cual nos predestinó por Dios, pero esa experiencia gloriosa con el Espíritu Santo no está al margen de la guianza que él nos quiere dar para hacer morir todas aquellas obras (de la carne) que de otra manera bloquearían ese crecimiento y madurez. Los que son guiados por el Espíritu Santo, esos son los hijos de Dios, y esto nos habla de un proceso continuo, de ser formados continuamente como hijos de Dios. La invitación siempre es a crecer a la imagen y semejanza de Cristo.
Horacio R. Piccardo

Teodicea, pensamiento complejo y la pastoral


Teodicea es aquella parte de la teología que trata de compatibilizar la existencia y extensión del mal con un Dios omnipotente, omnibenvolente y omnisciente. Por qué el mal existe, por qué Dios no lo frena, por qué sufren los justos, etc. Desde la pastoral, si hay un tema que recurrentemente llega es el del sufrimiento. Y cuando lo hace, si somos honestos, debemos confesar nuestra ignorancia del por qué sucedió lo que sucedió. Es allí cuando quizá aventuramos algunas respuestas tipo cliché con el objeto de traer consuelo, de alguna manera, a la persona o personas que estamos ministrando. Y estas respuestas pueden ser frases hechas (por lo común), cuyo origen ignoramos y en cuyas implicancias éticas no pensamos, o promesas con las que directa o indirectamente le hacemos decir a Dios cosas que no dice y alimentamos, así, vanas esperanzas.

Por lo general, nosotros tendemos a decir que la finitud de nuestra mente no puede comprender la infinitud de la mente de Dios. Y esto tiene sustento bíblico (Is. 55:8s) y buena lógica. La pregunta es si todo el tema del sufrimiento es esconde detrás de esta ignorancia nuestra en particular. Porque este razonamiento, tarde o temprano, involucra a Dios en la problemática. Y aquí se corre el riesgo de involucrarlo moralmente Dios responsabilizándolo por los hechos. El prejuicio más clásico es que detrás de toda desgracia hay un bien escondido o un bien superior, o aun, que Dios está en control de todo. Pero no podemos explicar el por qué Dios ejecuta, o al menos permite, el mal, sabiendo que es mal. ¿No es Dios, acaso, todopoderoso como para no poderlo hacer de otra manera?

El libro bíblico que par excelence habla del sufrimiento es el libro de Job. A partir de su capítulo 3 comienza el diálogo entre Job y sus amigos tratando de dilucidar por qué pasó lo que pasó. Mientras que en rasgos generales, Job defiende su integridad, sus amigos lo acusan porque Dios castiga al pecador, y si vino todo este juicio debe haber algo escondido en su corazón que tiene que confesar. Lo curioso del caso, es que Job veía a Dios como un tirano injusto, castigador, arbitrario, que no quería matarlo y lo mantenía en sufrimiento. Muchos pasajes a lo largo de todas sus alocuciones dan muestras de este pensamiento, desde que vino la primera desgracia, con su famoso “Dios dio y Dios quitó” (1:21) y el “¿…aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?” (2:10) después del segundo ataque.

Y aquí surgen dos puntos importantes, que algunas veces nos sorprenden. En primer lugar, que en ambos ataques, Job no pecó con sus labios, y en el primero añade que no culpó a Dios (1:22; 2:10). En segundo lugar, y quizá más sorprendentemente, uno puede tener una teología equivocada (un concepto equivocado de Dios) y al menos en un área de su conducta puede no pecar. Al final del libro, Job se arrepiente. Después que Dios se le revela a Job, y aunque no le responde directamente sus quejas, él confiesa: “He sabido de ti sólo de oídas, pero ahora mis ojos te ven. Por eso me retracto y me arrepiento en polvo y ceniza” (42:5s). Dios le abrió la mente para que comprendiera algo que hasta ese momento no comprendía, y junto con una teología equivocada, redundó en una discusión acalorada con sus amigos y en un enojo básico con Dios.

Y creemos que la respuesta está en parte en los primeros dos capítulos (eventos e información que Job y sus amigos ignoraban), y sobre todo en los capítulos 38-41. Ciertamente no podemos tratar todo este material aquí, salteando ese prólogo y yendo a la revelación de Dios a Job.

Resumiéndolo en pocas palabras, Dios le trata de mostrar lo complejo de la creación. Si bien la creación es finita, y nosotros somos seres finitos, Dios no le habla de la infinitud de sus pensamientos sino le da un atisbo de lo tremendamente enmarañada que es la creación, como para decirle que no trate de explicar todo con una simple ecuación de primer orden, o una relación lineal causa-efecto, y en su ignorancia juzgar a Dios por lo acontecido.

Y aquí entra lo de pensamiento complejo, disciplina filosófica que intenta deshacer las consecuencias del pensamiento disyuntivo que nace con René Descartes, donde se busca el paradigma de la simplicidad, de la idealidad, donde se divorcia el objeto estudiado del sujeto investigador, y se crea la así llamada: “objetividad”. Es indiscutible, en cuanto a logros, lo que hizo la ciencia en los últimos siglos con esta metodología filosófica de trabajo, al precio, claro está, de crear un mundo que no existe, porque son mundos ideales e inconexos, donde la compatibilidad entre ellos muchas veces resulta imposible. Por el contrario, el pensamiento complejo busca la integración y justamente el paradigma de la complejidad. El pensamiento lineal es reemplazado por el pensamiento circular o realimentado, y donde la causa no necesariamente precede al efecto, sino que las cosas se transforman en causa y efecto al mismo tiempo.

Dios le dice a Job que la creación no puede comprenderse con la mente humana. Las fuerzas que están en juego actualmente son demasiadas y sumamente intrincadas, al punto tal que no se puede explicar tan fácilmente el por qué de las cosas. Pero quizá le está diciendo, en términos coloquiales, que él está haciendo todo lo posible para mantener el mundo funcionando, evitando todo mal que puede evitarse.

En los días de Jesús, también había gente que se planteaba esta problemática. En Lc. 13:1-5, se plantean dos incidentes. Uno, el de unos galileos que fueron víctimas del sanguinario Pilato, y Jesús aclara que no fue porque eran más pecadores que otros galileos. Y el otro hecho es el de la torre de Siloé que se cayó y mató a dieciocho personas. Y nuevamente Jesús advierte que no es el pecado de ellos el causante de la desgracia. No dice cuál es la causal (no nos resuelve nuestra curiosidad), pero dice que lo que nos corresponde a nosotros es arrepentirnos y vivir en comunión con él.

En el siglo XVII, Blas Pascal dijo que nosotros nos movíamos entre dos abismos: la infinitud de lo pequeño (partículas atómicas) y la infinitud de lo grande (el universo). En la mitad del siglo XX, el filósofo y paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin en un intento de integrar biología, física y astronomía, amplió este concepto en tres direcciones: la infinitud de lo pequeño, la infinitud de lo grande y la infinitud de lo complejo. Nosotros y ese medio ambiente es infinitamente complejo. ¿Cuántas cosas no conocemos del mundo visible y del mundo invisible? Por eso, creemos, que Jesús dice que no juzguemos, sino que amemos y perdonemos. No entendemos muchas de las causales, pero sí entendemos que Jesús nos amó y nos perdonó. Es cierto que nuestra mente finita no puede entender la mente de Dios, pero Dios se reveló en Jesucristo, y el que lo ha visto a él ha visto al Padre. Y eso sí lo entendemos. Así que más que dar respuestas ad hoc y esgrimir frases hechas que parecen piadosas, algunas veces es mejor llorar con el que llora, y no abrir la posibilidad a juzgarlo directa o indirectamente a Dios.

Horacio R. Piccardo

domingo, 11 de diciembre de 2011

Devocional Diciembre

Como iglesia este mes comenzamos, por dirección divina, un culto matutino. Todos los lunes de seis a siete de la mañana nos presentamos delante de Dios. Y fue interesante la experiencia. Algunos de nosotros estábamos bastante cansados, porque el día anterior estuvimos ministrando hasta tarde y por lo cual dormimos escasas tres horas. Pero la experiencia valió la pena. Sal. 5:3: “Oh Señor, de mañana oirás mi voz; de mañana presentaré mi oración a ti, y con ansias esperaré”. David lo busca desde temprano, quizá de madrugada. Una búsqueda personal, íntima.

Y lo cierto es que muchas veces lo hacemos cada uno de nosotros. Ya sea como costumbre o por alguna inquietud particular que el Señor pone en nuestro corazón. Pero nosotros, más allá de lo individual, lo manifestamos en público: el cuerpo de Cristo (y diría en un altísimo porcentaje) decidió presentarse delante del Señor, hacer oír su voz en alabanza y adoración. Y algo curioso que dice el texto es “con ansias esperaré”. Quizá no sea la traducción más feliz por cuanto la ansiedad no es una buena consejera. “Por nada estéis afanosos”, exhorta Pablo a los filipenses. Una mejor traducción podría darse diciendo: “con expectativas (o expectación) esperaré”

Es decir, Dios va a hacer algo: algo nuevo, algo diferente, algo sorprendente, porque Dios cumple, y uno lo busca de mañana. Pero esto me hace reflexionar sobre las promesas de Dios y su impacto sobre nosotros. Una cosa es la promesa de Dios y otra cosa es nuestra psicología. La promesa genera fe en nuestros corazones y así expectativa. Pero alguna distorsión o herida en nuestro corazón puede producir un matiz insalubre: ansiedad. La ansiedad nos descontrola y podemos llegar  a hacer cosas “locas”. Esto puede darse en palabras proféticas. No es que la palabra haya sido incorrecta o que el que habló fuera un/a falso/a profeta. Pero nuestro corazón “sobre-interpretó” el mensaje y, como quien dice, puso el carro delante de los caballos. Y así, no sólo espera su cumplimiento, sino que se adelanta y pretende “ayudar” a que se concrete.

El temor al fracaso nos lleva a la ansiedad. La palabra de Dios no fracasa, pero el temor algunas veces es que nosotros fracasemos en obtenerla, y como que queremos hacer nuestra parte. Es cierto que muchas veces esas palabras dadas por boca de un/a siervo/a son condicionales a nuestro accionar o respuesta. Pero si es de Dios, la gracia tiene que estar presente. Y la gracia no es recompensa ni salario. Es cierto también que debe haber un cambio nuestro (actitudes, perspectivas, corazón en general): nosotros debemos adecuarnos, adaptarnos, transformarnos para ser capaces de recibir esa promesa. Pero no podemos forzar la recepción de la misma, haciendo “obras” que la ameriten o haciendo florecer un deseo de controlar la acción divina. Esto es enfermizo y digno de desecharse.

Por otro lado, también es cierto que la espera (en el Señor) en la Biblia nunca es pasiva. No es un cruzarse de brazos, e irresponsable y casi inertemente espero que Dios la cumpla. Tanto la pasividad (o pasivismo) como la actividad controladora (o activismo) son extremos que llevan a situaciones que conducen al deterioro de nuestra salud integral, como también a que seamos traspasados por dolores innecesarios, desilusiones, quebrantos, etc.

Estamos esperando, no con ansias, sino con expectativas. Estas “expectativas” tienen una nota de alegría. La ansiedad, claramente no; por el contrario: preocupación. Y la espera no es pasiva, sino activa. Paradójicamente descansando en el Señor, pero comprometidos en un cambio que Dios está haciendo en nosotros que es para alinearnos con lo que esa promesa va a hacer con nosotros o por medio de nosotros. Y ello lleva tiempo. El retraso algunas veces puede ser por influencia demoníaca. Si es el caso o no, lo cierto es que nosotros tenemos que ser transformados. Justamente cuando creemos que estamos listos, allí podemos ser atrapados por la ansiedad, y comenzamos a cuestionarnos qué pasa, por qué no llega, etc., e inclusive hacer cosas tontas y desilusionarnos.

Presentémonos de mañana al Señor y con expectativas esperemos. A su tiempo la promesa se hará una realidad concreta en nuestras vidas. Pero mientras tanto, estemos sensibles al Espíritu de gracia, que nos transforma imperceptiblemente, quizá, para ser los receptores adecuados de esa promesa.
Horacio R. Piccardo

jueves, 1 de diciembre de 2011

11-11-11 11:11hs

Parece mentira que en pleno siglo XXI (11+11-1 –nadie lo advirtió) haya gente que por un lado no tiene nada que hacer (¿por qué no van a trabajar? Porque hoy es jornada laborable, ¿o no?) o crea que por una cuestión meramente secuencial (el 1 viene después del 0, según el hombre lo definió, como que Noviembre sea el mes 11 –ya que desde el calendario romano es el noveno, de allí su nombre) se establece un nuevo tiempo, se abre una conciencia cósmica o algún otro disparate.

Siete mil (haraganes) congregados en Capilla del Monte para ver si sienten algo o si logran algo. ¿Alguna conciencia cósmica podrá ayudarme a pagar los impuestos a fin de mes? Algunos dijeron que no sintieron nada. ¡Qué bueno! ¡Gracias a Dios que no pasó nada! Porque, ¡qué tal si una manifestación demoníaca de grandes proporciones los tomaba a todos ellos y los sacudía extáticamente y quedaban en trance! ¡Siete mil que volvían a la ciudad, a sus trabajos, a sus hogares con espíritus incorporados! Porque fueron allá en búsqueda de algo o alguien, fueron a meditar, a unirse con algo, a participar de alguna fuerza, entidad o lo que fuera. Abrían sus corazones para lo desconocido, y no sabían que estaban jugando con algo peor que fuego.

Siglo XXI y el mundo sigue en la ignorancia total del mundo espiritual. Siglo XXI y gente supuestamente educada en todo un rango de edades jugando con más de 1 MW de potencia en sus manos, a ver si salta la chispita. Siglo XXI y gente que probablemente tiene un mínimo (y espero quedarme corto en ese calificativo) de conocimiento religioso cristiano, busca en lo que no es Dios lo que debería buscar sólo en Dios.

Me hace acordar a la historia de Elías en ese sacrificio que hizo al pie del monte Carmelo. En aquel tiempo los falsos profetas de Baal eran cuatrocientos y los de Asera cuatrocientos cincuenta. Danzaron en un frenesí y comenzaron a tajearse y a chorrear sangre de sus heridas y gritaban desesperadamente para que Dios respondiese con fuego a su sacrificio. Pero no pasó nada. Pero después nos preguntamos ¿por qué la Argentina esta “seca”?. ¿Por qué “no llueve”?

Lamento que no haya habido un Elías, que sí hiciese hecho bajar, no la conciencia cósmica, sino la presencia de Dios en ese lugar. ¡Qué momento ideal para evangelizar y hacer un culto de milagros! ¡Qué bueno hubiese sido que un espíritu de arrepentimiento inundara todo ese monte en Córdoba! O aquí, en Palermo.

Nunca vi algo más ridículo que gente de todas las edades comenzaran a aplaudir después de las 11:11hs. ¿A quién le aplaudieron? ¡Gente grande! Pero en una pavada mayor que la de cualquier adolescente. ¿A esto llamamos “Argentina madura”? ¿Estos son los valores que supimos construir?

Horacio Raúl Piccardo 

Sobre la "libre elección" y otras sanatas del egoísmo humano. Parte II

Traigamos nuevamente a la escena el tema de la “libre elección”. El correcto manejo de la libertad identifica, de alguna manera, a una persona adulta. Pero la libertad, que ciertamente todos queremos, por y en sí misma puede ser peligrosa y destructiva. De hecho, Adán, en ausencia de su compañera, y con plena libertad en relación con su par (ningún compromiso a nivel humano) no estaba satisfecho. Encontró satisfacción, sin embargo, cuando entró en relación con su par, y así su libertad de alguna manera tuvo que restringirse por la existencia del otro, y esa libertad se restringió porque decidió amarla. La consecuencia de brindar amor nos hace limitarnos en nuestras libertades, y esto a su vez es necesario para que la otra parte tenga cabida, tenga vida, tenga desarrollo, tenga crecimiento y finalmente se pueda acercar a mí, quien de alguna manera le da un sentido de existencia (proximidad, “projimidad”).
Pablo cuestiona el uso que algunos cristianos hacían de su libertad en cuanto a lo que comían y bebían creyéndose con derecho de hacerlos porque eran supuestamente más “crecidos”, más maduros que los otros prejuiciosos que se limitaban en esto o aquello (Ro. 14:1-15:7). Pero el apóstol va a decir que el Reino de Dios no es cuestión de comida y bebida (14:7). En otras palabras, que tengamos más libertad no es lo determinante en el Reino. Que coma o no coma no me hace que esté o no en el Reino. Lo que determina esto es mi relación personal con el Espíritu Santo. Y si uno tiene una relación correcta con él, entonces va a amar a su prójimo, va a vivir en una correcta relación con él, que involucra la paz y el gozo. Esta es la conducta que agrada a Dios. Justamente en el versículo siguiente. Cuando este amor y esta paz existen se genera todo un estado de alegría. “El que sirve de esta manera a Cristo es aceptable por Dios y aprobado por los hombres”, continúa diciendo Pablo. Vivir de esta manera es servir a Cristo y este tipo vida consagrada es una ofrenda que Dios acepta.
Decir “libre elección”, centrándose en el yo y despojándose de todo lo que materialmente “estorba” para mi proyecto egoísta de vida, sin pensar en el otro, no es un acto de madurez, ni tampoco –diría– de libertad. De madurez, porque sigo pensando con un horizonte tan pequeño como cuando era niño (fuertemente egocéntrico): motivado por lo inmediato, por lo determinado por las circunstancias tangibles, por el aquí y el ahora.
Pero tampoco es una elección “libre”. Está impregnada de miedos, fundamentalmente a que alguien me “robe” el tiempo, me “robe” mi espacio, me “robe” mis finanzas, me “robe” mi silueta, me “robe” mi libertad. No está muy lejos de las motivaciones que llevaron a Herodes a matar a todos los chicos menores de dos años, para asegurarse la muerte del Rey que había nacido: uno que tomaría tarde o temprano su lugar.
Y cuando uno obra por miedo, ya no es libre y tampoco ama, porque en el amor no hay temor. Pero, por el contrario, en el miedo hay juicio, hay condenación. Cuando uno obra por miedo está huyendo (“el impío huye cuando nadie lo persigue”, reza el proverbio). Ser esclavo del miedo (aunque éste esté encubierto), no hace a la persona madura, ni sabia en sus decisiones ni mucho menos libre.
Jesús dice: “y seréis verdaderamente libres”. Libres para poder restringirse libremente en esa libertad y brindar amor. Así como la característica fundamental de Dios, como está expresada en las Escrituras, es el amor, y Pablo nos exhorta a ser imitadores de Dios andando en amor, nuestro móvil primario debe ser el amor y no la libertad. La libertad la tenemos para dar amor (“no debáis nada a nadie –añade el apóstol– sino el amaros unos a otros”. Es el amor el que va a dar cabida, el que va a dar edificación, el que va a dar vida, el que va dar espacio, el que va a desarrollar humanidad, el que va a sanar a la sociedad.
Sólo el/la que está en Cristo puede elegir libremente, y esa elección lo/la va a mantener en libertad si es precedida por el amor, sobre lo cual no hay ley. El amor no hace mal a nadie; la ausencia de él, hace mal a todos, generando una cadena o círculo de violencia cuya extensión escapa a nuestro entendimiento. Basta escuchar lo que le dijo Dios a Caín: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Gn. 4:11). ¿Y la de los hijos abortados será muda?

Horacio Raúl Piccardo